Cuando somos pequeñas, nos dijeron que en nuestras vidas no hay límites.  Podemos ser quienes queremos ser, podemos hacer cualquier cosa que nos proponemos y podemos ser verdaderamente amadas por un hombre increíble que nos complementa en todas las formas.

 Al escucharlos, yo creía esto como verdad.  Pero a medida que crecía, me enfrentaba con realidades de la vida que parecían contrarias a las palabras recibidas.  En la adolescencia, empecé el proceso arduo de preguntarme ¿quién soy yo?  Veía que las personas me aceptaban más si estaba de acuerdo con sus pensamientos.  De hecho en mi colegio, todos andaban con las mismas pintas de ropa, hasta en los zapatos Todos tenían sketchers!  Viniendo de una familia de pocos recursos, y con creencias distintas a la mayoría, me propuse ser como los demás.  En vez de aceptar las diferencias y disfrutarlo, mi mayor deseo era ser como las chicas populares. Pero por más que intentaba comprar la ropa que ellas solían usar, o hablar como los demás, nunca sentí que encajaba, esta sensación me persiguió hasta mi vida de adulta. 

 Al salir del colegio, fue mas fácil ser rodeada de personas similares, y sentir empatía, pero el rechazo seguía conmigo. Ya no era la patita fea que no combinaba su ropa, mi entorno lo componían personas que parecían amarme, pero me costaba mucho creerlo. Todo el tiempo acompañada pero sintiéndome sola. 

 De repente ese  pensamiento que creí en mi adolescencia, volvía con fuerza a atacar mi mente  ¡YO NO SOY SUFICIENTE!.   Sin embargo veía como mis amigas entraban en relaciones amorosas, y yo siempre terminaba como la mejor amiga de todos.  Y de hecho, disfrutaba ser sola «la amiga».  Preferí tener solo amigos en vez de exigir que me valoraran. Mi forma de pensar estaba muy distorsionada. Quería evitar ser lastimada o rechazada nuevamente, pero la realidad era que si habían chicos interesadas en mí, solo que yo sacaba toda una lista de “Peros”: Pero él no es muy cumplido, pero él no sabe como comunicarse. Pero él es muy intenso. Pero él no sabe luchar por una mujer.

Parte de mi pensaba que no merecía el amor. Pero también pensaba, prefiero rechazar a un hombre desde un principio, antes de ser rechazada mas adelante. 

Cuando por fin decidí permitir alguien especial a mi vida, creyendo que estaba lista, me encontré con una acumulación de patrones de pensar y hábitos engañadores en mi forma de ser.  Quería una relación libre de conflicto, una que llenara ese vacío de soledad, pero cada vez me sentía más sola. Empezamos bien, aún más que “bien”, parecía de cuento de hadas. Pero a medida que nos acercábamos, al conocernos, mis temores aumentaban.  Desacuerdos pequeños nos empezaron a distanciar, y con cada paso que nos alejábamos, en vez de luchar, aceptaba la mentira que yo no era suficiente para mantener la relación.

Me ponía mal cuando no recibía la atención que pensaba que era lo que merecía de mi novio.  Cada promesa incumplida, fue una confirmación de la mentira que creí.  No me valora porque no tengo valor. Llegue a un punto de desespero.  Por fin aparejada, pero atormentada. En un momento de reflexión, me di cuenta que toda mi identidad fue basada en lo que el pensaba, lo que hacia y lo que el no hacia.  Y ahí llegue a la conclusión, que por más buen o mal novio que fuera, mi identidad no podría ser basada en otra persona.  Fui creada con un código tan especial y distinto a los demás y es mi deber de reconocer eso sin importar las circunstancias que me rodearan.  Solté mi argumento irracional que alguien más tenia que saciar una necesidad que solo Uno podría saciar.

Cuando entendí que él no era la problema sino que era mi reacción a lo que él hacia lo que me afectaba, pude tomar pasos contundentes.    

Encontrarme con Dios y entender la realidad de todas las mentiras que había aceptado.  Fui creada para amar y ser amada. Si la aceptación y el amor de otros fuera basado en nuestra perfección,  todos seriamos insuficientes de sentir amor.  

Todos tenemos nuestras imperfecciones, pero es lo que decidimos hacer con ellas lo que define quienes somos y que somos capaces de hacer.  Es aceptar una clara verdad que SOMOS IMPERFECTAMENTE BELLAS

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